sábado, 11 de abril de 2026

 


Señor mío y Dios mío

 + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 19-31
Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo:
“¡La paz esté con ustedes!”
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes!
Como el Padre me envió a mí, Yo también los envío a ustedes” .
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió:
“Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan” .
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús.
Los otros discípulos le dijeron: “¡Hemos visto al Señor!”
Él les respondió: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”.
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡La paz esté con ustedes!” 
Luego dijo a Tomás: “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe” .
Tomás respondió:
“¡Señor mío y Dios mío!” Jesús le dijo: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!”
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.
Palabra del Señor


 

viernes, 10 de abril de 2026


 

REFLEXIÓN: El latido de lo humano: Recuperar el centro personal en la era del algoritmo y el ruido

En el pulso implacable de nuestra era digital, parecemos atrapados en una "sociedad líquida" que fluye sin cauce. Corremos a una velocidad vertiginosa sin saber exactamente hacia qué meta nos dirigimos, convertidos en consumidores seriales de estímulos que se evaporan apenas los tocamos. Entre el estrépito de las notificaciones y la fragmentación de nuestra identidad en perfiles virtuales, surge una inquietud que no puede resolverse con una actualización de software: en este mundo que nos empuja a vivir hacia afuera, ¿dónde queda el lugar de nuestra verdad, ese rincón de síntesis donde realmente habitamos?

 

La respuesta que nos ofrece la sabiduría cristiana no es un concepto abstracto, sino un retorno urgente al corazón, el único centro capaz de unificar los fragmentos dispersos de nuestra historia.

1. El Corazón frente al Algoritmo: La libertad de lo impredecible

Vivimos bajo la vigilancia de sistemas que pretenden conocernos mejor que nosotros mismos. Los algoritmos analizan nuestras búsquedas y predicen nuestra voluntad, estandarizando nuestros deseos hasta hacernos creer que somos solo una suma de datos. Sin embargo, existe un refugio que escapa a cualquier línea de código: el Sagrado Corazón.

El corazón es el lugar donde se configura nuestra identidad espiritual. Es el núcleo de la libertad humana porque es, por esencia, único e impredecible. Mientras que el mundo digital puede mapear nuestros hábitos, no tiene acceso a ese centro unificador donde se fraguan las decisiones que dan sentido a la vida.

"El algoritmo en acto en el mundo digital muestra que nuestros pensamientos y lo que decide la voluntad son mucho más 'estándar' de lo que creíamos. Son fácilmente predecibles y manipulables. No así el corazón".

2. La "Mentira" de la Superficialidad: Sustancia contra apariencia

Existe una metáfora tan sencilla como profunda: la de las galletas "mentiras". Son masas que se inflan al freírlas, pareciendo grandes y sólidas, pero que al morderlas se revelan huecas y sin sustancia. En nuestra cultura del scroll infinito, corremos el riesgo de convertir nuestra propia vida en una de esas galletas: cuidando meticulosamente el perfil social mientras el interior se vacía.

Nuestra verdadera identidad suele estar oculta bajo mucha "hojarasca": ese ruido exterior y ese disimulo que nos aleja de nosotros mismos. En el corazón, sin embargo, no se puede engañar ni disimular; allí reside nuestra verdad desnuda. Solo desde esa sinceridad absoluta es posible construir un proyecto de vida sólido, pues nada que valga la pena se sostiene sobre el vacío de la pura apariencia.

3. Lo Ordinario-Extraordinario: La ternura que nos salva

Para salvar lo humano frente al avance de una inteligencia artificial fría y procesal, debemos rescatar la poesía de lo pequeño. Hay detalles que constituyen nuestra esencia y que ninguna máquina podrá albergar jamás, porque no son datos, sino ternura guardada en los recuerdos. Estos gestos "ordinario-extraordinarios" son los que realmente sustentan nuestras biografías:

El uso del tenedor para sellar con cuidado los bordes de unas empanadillas en la cocina de la abuela.

El primer partido de fútbol jugado con una pelota de trapo.

Esa flor seca que guardamos entre las páginas de un libro como testigo de un afecto.

Calcar un dibujo a contraluz de una ventana.

Pedir un deseo al deshojar una margarita.

Estos momentos son la base de nuestra identidad porque están impregnados de un amor que el código no puede sentir. Son los fragmentos de nuestra historia que nos recuerdan que estamos hechos para algo más que procesar información.

4. Dios como un "Tú" Personal: La lógica del fuego

Frente a la frialdad de los sistemas abstractos y los conceptos lejanos, el corazón nos revela que la fe no es un ejercicio intelectual, sino un encuentro. Dios se nos presenta como un "Abba" (Papito), ofreciendo una amistad que nos constituye como personas.

Siguiendo la sabiduría de San Buenaventura, en la vida espiritual no hay que preguntar a la luz, sino al fuego. El Corazón de Cristo no es una idea, sino un horno ardiente de amor que debe pasar del intelecto al afecto. Aquí es donde cobra vida el lema de San John Henry Newman: Cor ad cor loquitur (el corazón habla al corazón). Solo en ese diálogo íntimo, de "Tú" a "Tú", la persona encuentra la verdadera paz que los eventos del momento no pueden alterar.

5. Reparar el Mundo: Hacia una civilización del amor

Recuperar el centro personal no es un acto de egoísmo; al contrario, tiene consecuencias sociales obligatorias. El mundo actual está herido por las guerras y los desequilibrios, frutos de un desequilibrio fundamental que nace en el corazón humano. Por eso, la verdadera reparación no es un ritual vacío, sino el compromiso de construir sobre las ruinas dejadas por el odio.

La conversión del corazón nos impulsa a luchar contra las "estructuras de pecado" y la indiferencia. Reparar el mundo hoy significa reconocer la dignidad del otro, especialmente del más débil, y entender que la justicia sin el fuego del amor termina siendo una estructura fría. Estamos llamados a crear una civilización del amor donde el corazón sea el motor de la historia.

 

Conclusión: Una Invitación a la Pausa Interior

El mundo actual sobrevive entre el consumismo y el uso a veces deshumanizante de la tecnología. En este escenario, el amor es lo único que puede unificar los fragmentos de nuestra historia y darnos una identidad plena y luminosa.

En medio del ruido y la velocidad digital, te invito a detenerte y descender a lo más hondo de tu ser para enfrentar la pregunta más decisiva: "¿Tengo corazón?". De la respuesta a este interrogante depende nuestra capacidad de reinventar el amor y recuperar, por fin, nuestra humanidad.


jueves, 9 de abril de 2026

La Paz esté con ustedes

En el día de hoy, en la octava de Pascua, los estudiantes de los cursos pequeños participaron de un momento de Oración Pascual.

Primero lo hicieron los estudiantes de 1° Básico a 4° Básico, a las 08:10 y luego los niños del Parvulario.

"La Paz esté con ustedes", es el mensaje que Jesús quiere compartir, al igual que como lo hizo con sus discípulos. Paz que como misioneros y discípulos debemos cultivar.

Oración de Pascua









 

lunes, 6 de abril de 2026

 El que venció a la muerte y derribó el muro que separaba a los seres humanos (cf. Ef 2,14) es el Buen Pastor, que da la vida por el rebaño y que tiene muchas ovejas que no son del redil (cf. Jn 10,11.16): Cristo, nuestra paz. Su presencia, su don, su victoria resplandecen en la perseverancia de muchos testigos, por medio de los cuales la obra de Dios continúa en el mundo, volviéndose incluso más perceptible y luminosa en la oscuridad de los tiempos.

El contraste entre las tinieblas y la luz, en efecto, no es sólo una imagen bíblica para describir el parto del que está naciendo un mundo nuevo; es una experiencia que nos atraviesa y nos sorprende según las pruebas que encontramos, en las circunstancias históricas en las que nos toca vivir. Ahora bien, ver la luz y creer en ella es necesario para no hundirse en la oscuridad. Se trata de una exigencia que los discípulos de Jesús están llamados a vivir de modo único y privilegiado, pero que, por muchos caminos, sabe abrirse paso en el corazón de cada ser humano. La paz existe, quiere habitar en nosotros, tiene el suave poder de iluminar y ensanchar la inteligencia, resiste a la violencia y la vence. La paz tiene el aliento de lo eterno; mientras al mal se le grita “basta”, a la paz se le susurra “para siempre”. En este horizonte nos ha introducido el Resucitado. Con este presentimiento viven los que trabajan por la paz que, en el drama de lo que el Papa Francisco ha definido como “tercera guerra mundial a pedazos”, siguen resistiendo a la contaminación de las tinieblas, como centinelas de la noche.

Lamentablemente lo contrario —es decir, olvidar la luz— es posible; entonces se pierde el realismo, cediendo a una representación parcial y distorsionada del mundo, bajo el signo de las tinieblas y del miedo. Hoy no son pocos los que llaman realistas a las narraciones carentes de esperanza, ciegas ante la belleza de los demás, que olvidan la gracia de Dios que trabaja siempre en los corazones humanos, aunque estén heridos por el pecado. San Agustín exhortaba a los cristianos a entablar una amistad indisoluble con la paz, para que, custodiándola en lo más íntimo de su espíritu, pudieran irradiar en torno a sí su luminoso calor. Él, dirigiéndose a su comunidad, escribía así: «Tened la paz, hermanos. Si queréis atraer a los demás hacia ella, sed los primeros en poseerla y retenerla. Arda en vosotros lo que poseéis para encender a los demás». [2]

Ya sea que tengamos el don de la fe, o que nos parezca que no lo tenemos, queridos hermanos y hermanas, ¡abrámonos a la paz! Acojámosla y reconozcámosla, en vez de considerarla lejana e imposible. Antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino. Aunque sea combatida dentro y fuera de nosotros, como una pequeña llama amenazada por la tormenta, cuidémosla sin olvidar los nombres y las historias de quienes nos han dado testimonio de ella. Es un principio que guía y determina nuestras decisiones. Incluso en los lugares donde sólo quedan escombros y donde la desesperación parece inevitable, hoy encontramos a quienes no han olvidado la paz. Así como en la tarde de Pascua Jesús entró en el lugar donde se encontraban los discípulos, atemorizados y desanimados, de la misma manera la paz de Cristo resucitado sigue atravesando puertas y barreras con las voces y los rostros de sus testigos. Es el don que permite que no olvidemos el bien, reconocerlo vencedor, elegirlo de nuevo juntos. (Extracto de Mensaje Papa Leon XIV, del 18 de diciembre de 2025)

Nuestro caminar